Afganistán: La Guerra Más Larga


Enrique Román

La nueva fecha es el año 2014. Pero nadie sabe si la guerra de Afganistán realmente concluirá en ese momento, como se acordó en la reciente cumbre de la OTAN.

Estados Unidos se ve envuelto así en la contienda bélica más prolongada de su historia, en un país situado a 14 000 kilómetros de sus costas, sin grandes recursos naturales, cuya mayor producción agrícola es la amapola para la fabricación del opio, ante un opositor difícil de encontrar y de enfrentar y, sobre todo, entre una población que durante siglos ha sido hostil a cualquier ocupación extranjera.

El primer enigma de esta guerra es su razón de ser.  Iniciada en el 2001 por la administración Bush con el fin de perseguir a los líderes de Al Qaeda que se acababan de hacer responsables por los atentados contra las torres gemelas de Nueva York, Afganistán tras la derrota del régimen talibán se convirtió en  una batalla olvidada, luego de que se hiciera evidente el fracaso en capturar a Osama Bin Laden. Iraq, mucho más interesante en el orden geoestratégico y poseedor de una de las reservas de petróleo mayores del mundo, fue la nueva prioridad, hasta el fin el mandato de Bush.

La nueva administración cambió los órdenes.  Cantó una inexistente victoria en Iraq y dirigió sus fuerzas a Afganistán.  Hoy, 100 000 soldados estadounidenses y 50 000 de otros países de la OTAN, desarrollan complejos planes de contrainsurgencia en el castigado país centroasiático.

La explicación que aún da el presidente Obama es difícil de sostener:  combatir el terrorismo de Al Qaeda.  Lo cual podría ser una buena justificación –la misma de Bush— si no fuera porque el propio director de la CIA, Leon Panetta, afirmó recientemente lo que todos sabían:  en Afganistán no quedan más de cien elementos operativos de Al Qaeda, y cuyas relaciones con los talibanes hoy no son nada claras. No son necesarios 150 000 hombres –más los cientos de miles que deben integrar las fuerzas afganas en creación—y gastar 100 000 millones de dólares anuales, para perseguir agrupaciones de tales dimensiones, ni siquiera las que puedan operar desde el vecino Pakistán.

De hecho, desde el 2001, las acciones atribuidas a Al Qaeda se han realizado por ramificaciones de esa organización que, por definición, es una red de células independientes: en Iraq, en Yemen, en Arabia Saudita. Ninguna otra se ha producido dentro de Estados Unidos.

Hoy más de un analista intenta encontrar la razón real que anima a esta administración a reiterar una y otra vez que se trata de una lucha contra Al Qaeda.  Así, suena como increíble la respuesta del presidente Barack Obama al diario español El País:  “España está comprometida en esa misión por la misma razón por la que nosotros y otros aliados de la OTAN lo están:  para garantizar la seguridad de su país y proteger al pueblo español de los ataques de Al Qaeda”.

La realidad es que se desarrolla una guerra en contra de una insurrección de los talibanes por expulsar la ocupación extranjera y retomar el poder perdido.  De lo cual surge la segunda justificación:   la necesidad de que se impida una nueva y masiva violación de los derechos humanos en Afganistán.  Lo cual podría convencer a algunos si no fuera porque la memoria es tozuda:   el surgimiento de los talibanes fue consecuencia de la intervención estadounidense en la insurrección afgana de los 80 contra las tropas soviéticas.  Hasta la administración Clinton, los talibanes, que ya aplicaban su versión extremista del Corán,eran bien vistos, y solo cuando se negaron a entregar a Bin Laden  –también surgido de la acción de Estados Unidos contra las tropas soviéticas–  comenzó a vérseles como enemigos.

Nada explica hoy la persistencia de esta guerra de tan larga duración.  El empeño declarado de construir un nuevo país con nuevas instituciones en Afganistán, por encima de su vasto y complejo tramado étnico, confesional y tribal, y de la repulsa de su población, es una ruta directa a un costoso y criminal fracaso.

Ni los oleoductos para conducir el petróleo de las antiguas repúblicas soviéticas norteñas, que tienen rutas alternativas.  Ni la prevención de un Pakistán inestable, que en realidad tenía relaciones seguras con los talibanes, y que está más interesado en su diferendo con la India.  Ni prevenir la influencia regional de iraníes, rusos o chinos, que de hecho ya la tienen en el propio gobierno del presidente Mohamed Karzai y que, en cualquier variante, por su propia ubicación geográfica e histórica,, la tendrían.

Karzai sabe que para  consolidar su poder no puede esperar por la victoria militar de las tropas comandadas por el mediático general David Petraeus.  De ahí que haya recurrido a la antigua variante de conversar con el enemigo, el movimiento talibán.

Están por verse la real posibilidad y la utilidad final de estas difíciles negociaciones.  El mullah Omar –líder histórico talibán, pero jefe hoy de una sola de sus facciones–  las rechaza, y Estados Unidos les da una tímida y condicionada luz verde, que supone grandes concesiones por parte de su enemigo.

Así comienzan todas las negociaciones, aunque nunca se sepa cómo terminen.  La prolongación de la presencia militar de la OTAN en el país es un mal augurio.

Entre tanto, decenas de afganos inocentes, jóvenes, mujeres, niños, ajenos al conflicto, mueren cada día como víctimas de los ataques de aviones autónomos sobre supuestos blancos enemigos; la  economía  estadounidense, la más endeudada del mundo, gasta cifras incontrolables mientras los fabricantes de armas, los únicos beneficiados, festejan, y la actual administración se desacredita aún más ante su propia población, que según las encuestas no encuentra razón suficiente para esta guerra, cuya cifra de muertos, heridos e incapacitados, crece de forma alarmante.

 

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