En el centenario de la Revolución de 1910

Palabras en el acto conmemorativo del centenario de la Revolución mexicana de 1910, en la Casa de la Amistad, 18 de noviembre del 2010

La conmemoración que nos reúne hoy dista mucho de ser una mera formalidad. Estamos en vísperas del centenario de un acontecimiento raigal, que cambiaría no solamente el curso del país hermano donde se produjo, el México del porfirato, sino el clima político en que se desarrollarían las luchas populares latinoamericanas en el siglo XX.

El alzamiento de Francisco Madero y sus complotados, que dio inicio a una compleja cadena de acontecimientos, fue mucho más que una rebelión en busca de un cambio de gobierno. De imediato, la presencia activa y movilizadora de líderes como Zapata y Villa, entre muchos otros, llamó la atención sobre la intención decidida de aquellos revolucionarios mexicanos de enfrentar las injusticias de la sociedad y del campo. Las luchas agrarias que acompañaron a los acontecimientos revolucionarios venían a enmendar las distorsiones que se habían producido en los empeños libertarios iniciales, desde Morelos e Hidalgo, hasta Juárez. La Revolución mexicana demostraba ante los ojos de nuestra América que era posible enfrentar las obsoletas e injustas relaciones feudales que dominaban los campos del continente latinoamericano.

Cuba fue profundamente impactada por los acontecimientos mexicanos, y desde aquí se miró, a veces con preocupación pero en la mayor parte de los casos con esperanza, el curso de aquel movimiento, de sus marchas y contramarchas, del que surgieron las instituciones que regirían el México moderno, contemporáneo.

No podía, en el caso cubano, ser de otra manera. Las relaciones cubano mexicanas tenían raíces muy antiguas, desde la misma colonización y quizás desde antes. México había sido el refugio seguro de los patriotas perseguidos por el régimen español, que hallaron en su pueblo una generosa acogida y un respaldo concreto.

México, país de grandes poetas, conoció del exilio de uno de nuestros poetas mayores, José María Heredia, y una de sus composiciones más hermosas, En el Teocali de Cholula, obra principal de la literatura cubana, revela su interés y su admiración por la riquísima cultura indígena que integra el patrimonio mexicano.

Fue, por supuesto, el hogar de Martí en varias ocasiones, y sobre todo del Martí veinteañero, el Martí romántico, que vivió allí muchos de sus momentos de mayor intensidad personal. Fue México, según dijo, su segunda patria. “Si con tanto brío quiero a México como a Cuba”, le confesó a su gran amigo, a su amigo más íntimo, el mexicano Manuel Mercado.

Admiró y dedicó páginas inolvidables a Hidalgo y a Morelos, pero sin duda fue Juárez, por su origen indígena y la dignidad de su figura quien más lo conmovió. De él dijo: “Ese nombre resplandece, como si fuera de acero bruñido; y así fue en verdad, porque el gran indio que lo llevó era de acero, y el tiempo se lo bruñe. …Otros hombres famosos, todos palabra y hoja, se evaporan. Quedan los hombres de acto; y sobre todo, los de acto de amor. El acto es la dignidad de la grandeza. Juárez rompió con el pecho las olas pujantes que echaba encima de la América todo un continente; y se rompieron las olas, y no se movió Juárez”.

Sufrió Martí al analizar la compleja relación mexicana con su vecino norteño, y advirtió a tiempo los tremendos riesgos y las grandes injusticias que acarreaban la cercanía y hasta los términos comerciales entre ambos países. De una carta a Mercado son estos párrafos previsores y desgarrados: “Oh, México querido! Oh, México adorado, ve los peligros que te cercan! ¡oye el clamor de un hijo tuyo, que no nació de ti! Por el Norte un vecino avieso se cuaja; por el Sur: tú te ordenarás, tú entenderás; tú te guiarás; yo habré muerto, oh México, por defenderte y amarte; pero si tus manos flaqueasen, y no fueras digno de tu deber continental, yo lloraría, debajo de la tierra, con lágrimas que serían luego vetas de hierro para lanzas…”

Y al releer las cartas a Manuel Mercado surge esa acendrada amistad como el símbolo de la unión de mexicanos y cubanos. Fue a ese amigo a quien contó dolorosas intimidades de su vida personal; fue a él a quien acudió con humildad y confianza en demanda de ayuda material, y fue a él, sobre todo, a quien confió en su carta póstuma el gran secreto de su vida revolucionaria, su presagio sobre las amenazas del nuevo imperio y su decisión de consagrar su acción a frustrar sus intentos expansionistas, los que había visto consumarse en México, los que conoció en la entraña misma de los Estados Unidos donde vivió una gran parte de su destierro.

México, gracias al histórico evento que conmemoramos, fue el refugio de los revolucionarios del continente y en especial de los cubanos. Allí acudió Julio Antonio Mella, hostigado por la dictadura de Gerardo Machado. Encontró la muerte en una calle de su capital, céntrica, sencilla y popular, donde los cubanos lo honran con patriótico sobrecogimiento ante una modesta lápida.

Desde México nos llegó también la influencia inspiradora de la presidencia del general Lázaro Cárdenas, quien en su mandato y con el arrastre de los más puros ideales de la revolución de 1910, llevó adelante una reforma agraria, nacionalizó el petróleo y acogió a los emigrados republicanos luego de la guerra civil española.

No era por tanto extraño que fuera México el lugar escogido por Fidel Castro para organizar su decisiva expedición armada. Aún nos muestran a los visitantes el café donde se reunían los jóvenes del Granma, las calles por donde se movían, las casas que los albergaban. Con silenciosa emoción tuve el privilegio de ver al Comandante –como se le dice en México al igual que en Cuba– visitar por primera vez desde 1956 algunos de aquellos sitios, caminar y conversar con la población en la Alameda, la misma por donde paseaba Martí.

Y regresar a la solitaria casa que sirvió de último albergue a los expedicionarios en la orilla del río Tuxpan, anchuroso y tranquilo, frente al inmenso mar Caribe que conduciría a Fidel y sus compañeros, y al pueblo de Cuba todo, a la definitiva independencia.

Sería interminable abrir el capítulo del intercambio cultural entre los dos países. La intelectualidad mexicana, como ninguna, comprendió de inmediato la esencia humanista, nacionalista e independentista de la Revolución cubana y la respaldó en los momentos más difíciles. En fuentes mexicanas bebieron nuestros principales intelectuales del siglo XX, y la cultura cubana, tan parecida a la de ciertas zonas del hermano país, se fundió muchas veces con la mexicana.

Nadie puede mediar hoy con seguridad en la puja mexicano cubana sobre el origen del bolero, del mambo o del cha cha cha. Ningún programador de radio en las emisoras del campo cubano puede dejar fuera unas horas a la semana de música tradicional mexicana.

México ha sido también para nosotros el país de la solidaridad. Allí, cada año, se reúnen cientos de representantes de los más diversos estratos y tendencias del rico espectro político mexicano, para reiterar con fuerza su solidaridad con nuestro pueblo. Ese movimiento de solidaridad organizado se completa además y se enriquece con el marco más abarcador de todos los mexicanos que quieren y respetan a Cuba, por encima incluso de diferencias de criterios. Y se glorifica con el ejemplo de dignidad y de soberanía que dio México al oponerse a las presiones estadounidenses que obligaron al resto de los países latinoamericanos a romper relaciones diplomáticas con Cuba, en los albores mismos de nuestra Revolución.

En el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos nos honramos con ser guardianes de la Sociedad Cubano Mexicana de Relaciones Culturales, que preside dignamente nuestro querido Eusebio Leal, sucesor en esa responsabilidad de figuras insignes de la intelectualidad cubana, todos fervientes admiradores de la cultura mexicana, como Juan Marinello –amigo de Silvestre Revueltas y del magno Alfonso Reyes–, Salvador Massip, José Antonio Portuondo o Julio Le Riverend. Nuestra tarea próxima será mantener y enriquecer la vida y la tradición de esta importante institución, que mucho puede hacer para profundizar los vínculos entre nuestros dos países.

En octubre del próximo año viviremos otro hito de envergadura en esta historia común. Los hermanos del movimiento de solidaridad con Cuba en México han convocado a todos los amigos de Cuba en el continente americano a un Encuentro Continental de solidaridad con la Revolución y con el pueblo de Cuba. Desde ahora mismo expresamos la deuda de gratitud que los cubanos contraemos ante esta iniciativa, expresión ella misma de nuestros nexos fraternales, y les reiteramos todo el apoyo que podamos brindar a esta hermosa iniciativa.

Honremos por lo tanto, en el preludio de esta conmemoración, la íntima comunidad de ideales, de sueños y de luchas que han unido durante tantos años a mexicanos y cubanos. A aquellos que iniciaron la revolución esperanzadora, a sus próceres, identificados por los cubanos por el gesto continuador del general Cárdenas, cuando acudió a la isla a compartir nuestra suerte al conocer de la invasión de Playa Girón.

A México vaya hoy, en el centenario de su trascendental gesta, el saludo de nuestro pueblo, íntimo amigo del mexicano, como lo fue Martí de Mercado, a la Patria mexicana “impecable y diamantina”, como la cantó López Velarde, a la imperecedera fraternidad que nos ha unido y nos unirá siempre. Muchas gracias.

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